martes, 19 de marzo de 2019

Cuando la Lengua emigró de la Boca

A„O 20
setiembre 1999
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R E V I S T A L A T I N O A M E R I C A N A D E L E C T U R A
ISSN 0325/8637 CODEN LVIDDG
La autora es narradora, ensayista, editora
y traductora Argentina, es una de las escritoras
más representativas de la literatura para niños
y jóvenes de América Latina.*

GRACIELA MONTES
De lo que sucedió cuando la lengua emigró de la boca Húmeda, carnosa, rosada, erizada de pezones diminutos, a la vez recóndita y audaz, la lengua es una avanzada del cuerpo sobre el mundo. Hay algo inquietante siempre, incluso algo procaz en el asomarse de este órgano más allá de la frontera de los labios. Hasta algo obsceno, diría, que es la palabra con que nombramos lo que se muestra y suponemos que no debería ser mostrado (las vísceras, todos sabemos, no se muestran). Una lengua que asoma provoca, escandaliza, que se lo pregunten, si no, a la buscona, o al niño callejero, burlón y desafiante. Hecha para saborear, lamer y deglutir, intensamente ligada a la materia, parece recordarnos siempre nuestra animalidad y nuestros sentidos.
Y sin embargo la lengua es, también, la que habla. Los muchos y muy sutiles músculos que la atraviesan permiten que, en su arquearse, aplanarse, ahuecarse, frotar, rozar, sopapear y cercar el paladar, los dientes y los labios, la lengua module el aire vibrante que sale por la boca en ruidos y sonidos que alimentarán la cara audible de nuestra señal humana: la palabra. Pero como la palabra tiene, además de ese sustento material, hecho de impulsos de aire modulados por sutiles y sabios rozamientos y vibraciones de la carne, otra cara, la invisible, que es la que la convierte en lo que es –un signo–, y esa cara está hecha de ideas, imágenes decantadas, pensamiento o espíritu, y no de músculos, membranas y hueso, resulta ser que la lengua, a la que comenzamos presentando como puro cuerpo, húmeda sensualidad, avanzada de nuestras entretelas, termina por ser, en una metáfora vigorosa y trascendente, no sólo lo que es sino también lo que parece favorecer: el lenguaje.
Lengua, lingua, langue, glossa, tongue, Zun - ge... A la vez cuerpo y alma. Con la lengua susurramos y bramamos nuestras ideas. En la lengua y con la lengua, auténtica frontera hecha de saliva y espíritu, se construyen los sentidos. Y construir sentidos es la señal de lo humano.
Somos nuestro lenguaje. S i g n i f i c a r e s nuestra actividad fundamental desde el comienzo. Y, si bien la palabra no es el único modo de construir sentido, como trataré de recordar en todo momento (a veces se construye sentido con un acto), no cabe duda de que, a lo largo de nuestra historia, termina por ocupar casi por
completo el territorio. Que era lo que decía
Wittgenstein: “Mi lenguaje es mi mundo, y,
acerca de lo que no es lenguaje, se debe guardar
silencio”. No porque no haya resto: el enigma
de la presencia viva de los cuerpos seguirá
siempre ahí, pero estará más allá del alcance de
la palabra. La lengua, como parte de mi cuerpo,
forma parte de ese enigma mudo, y, como tal, es
puro silencio. Sin embargo, cuando la atraviesa
el aire (el espíritu, dirían los griegos), la lengua
habla.
¿Por qué esta imagen algo surrealista –y algo
incómoda también por lo cruenta– de la lengua
emigrando de la boca? Es un truco que me
hago a mí misma para obligarme a pensar la
cuestión desde el principio. Las imágenes violentas
suelen servir para horadar la costra de lo
conocido. Con esta imagen de la lengua emigrante,
lo que se instala, como es natural, y lo
que quiero yo instalar, es el cuerpo. Mi cuerpo
y los cuerpos. Lo que está ahí y se me ofrece a
los sentidos, tremendamente evidente y, al mismo
tiempo, asombroso siempre. Los múltiples,
infinitamente variados, infinitamente determinados
cuerpos con que la realidad se me hace
presente, empezando por el mío propio. Es decir
que estos párrafos podrían haberse llamado
también “¿Dónde está el cuerpo?” porque pretenden
explorar eso, el modo en que el cuerpo
encuentra o no el modo de hacerse presente en
la palabra, y el cómo, a mi manera de ver, si los
cuerpos –el enigma– dejan de ocupar su sitio
de enigma, la construcción de sentido se desvan
e c e .
Un doble enigma en realidad: cuerpo y
tiempo. Los cuerpos no sólo están ahí –aquí–
ocupando con contundencia mi espacio, sino
que están ahora, sujetos a la mudanza. Es más:
la mudanza es parte de su deslumbrante contingencia.
Los cuerpos tienen historia y eso los hace
aun más determinados, más inasibles. Han
llegado a ser, y pueden dejar de ser, perecer,
quebrarse, marchitar. Pero, mientras son, son
por completo y sin dudas, y eso quiere decir que
han triunfado sobre la nada. Un triunfo provisorio,
precario, pero un triunfo. En eso, justamente,
radica el asombro de lo real, en ese triunfo
provisorio sobre la nada.
¿Cómo construir un mundo a partir de esos
enigmas? Significando, generando sentido, infatigablemente.
Entre el cuerpo (contingente) y
el tiempo (implacable) se instala el sentido, la
palabra. Cuerpo, tiempo y palabra son los protagonistas
del más humano de todos los dramas.
Cuerpo, tiempo y palabra. Siempre en guerra.
Parecen estar persiguiéndose uno al otro, mordiéndose
el rabo, girando a gran velocidad, vertiginosamente.
Hasta la orilla de ese vértigo habrá
que allegarse para descubrir la trama.
Estoy hablando ahora: digo. Digo, con mi
lengua, palabras. Decir es una avanzada de mi
cuerpo porque yo soy mi cuerpo, y mi lengua es
mi cuerpo, la sangre que circula por ella en este
momento estará en mi yugular y luego en mi
corazón mucho antes de que termine el párrafo.
Pero lo que digo son palabras y la propia forma
de la palabra que digo, a la que mi lengua se
adapta, que, en el curso de mi historia personal,
he aprendido a preferir a otros sonidos, deja en
ella –mi lengua, mi cuerpo– la impronta de la
palabra misma. Esas palabras hablarán acerca
de otros cuerpos o del mío propio, puesto que
son signos, pero al hablar de ellos los estarán
anulando; donde esté la palabra ya no estará la
cosa, ya que el signo es, en una de las defini4
ciones más ajustadas y bellas que se conozcan,
“la marca de una ausencia”. O sea, digamos
(vertiginosamente), que el cuerpo es condición
de la palabra pero la palabra mata al cuerpo. Y
el tiempo, a su vez, matará a la palabra. Se parece
un poco al juego de piedra, tijera y papel.
A medida que digo estoy dejando de decir. Mi
decir es temporal e irreversible, ésa es su fatalidad,
porque lo dicho dicho está, y ya no se
está diciendo, y cada cosa dicha mata irremediablemente
a lo que no se dijo y se podría haber
dicho. Y el fluir de la palabra, al hacerme
evidente el tiempo, me remite otra vez a la mudanza,
a la nada que acecha detrás de todo ser,
y entonces, de nuevo, a la deslumbrante fragilidad
de nuestro mundo y sus presencias. Los
cuerpos (presencias vivas), el tiempo (lo fatal,
la mudanza) y la palabra (los sentidos, los significados)
mordiéndose el rabo. Y el vértigo
sigue.
¿Demasiado filosófico para un congreso de
lectura? No creo. Yo digo que filosofemos, filosofar
es sano. Me parece que algunas de nuestras
peores flaquezas contemporáneas derivan
de la pereza, fomentada tal vez por la tecnología,
que nos hace huir del pensamiento filosófico
tanto como del coraje moral (que tal vez, en
el fondo, sean lo mismo). Arrullados por un exceso
de información y de eficacia, convenientemente
encapsulados, nos cuesta despabilar
nuestros prejuicios y ponernos a pensar todo de
nuevo. Propongo que filosofemos, al menos en
el sentido en que filosofaban los viejos griegos,
viviendo y observando y preguntándose acerca
de eso que vivían y observaban.
Lo que sigue son apuntes. Parten de una intuición
que gira en torno justamente al encapsulamiento.
A la merma de cuerpo y el exceso de
discurso de nuestro tiempo. Un progresivo
avance de la representación sobre la presencia
viva, una resistencia a exponerse al enigma. Los
discursos ocupan todo el espacio, y van dibujando
circuitos por donde nos movemos, vivimos.
Ya no son en general grandes discursos
–teorías políticas, cosmovisiones– como en
otros tiempos, sino fragmentos, los pequeños
discursos de los medios: anuncios, recomendaciones,
interpretaciones, eslóganes, marcas de
productos. Discursos donados que se interponen,
compactos, entre nosotros y los cuerpos,
incluso el propio –amortiguando su contundencia
y el asombro que deberían provocarnos– y
van ocupando el sitio de nuestro propio lenguaje,
nuestra capacidad para construir sentido a
partir del sinsentido, y palabra a partir del silencio.
La imagen que me vuelve una y otra vez es
la de la celda. La lectura enclaustrada. Aislada
del trato directo con el enigma. De ahí la pregunta
por los cuerpos. Preguntar por los cuerpos
puede servir para plantear desde otro lado
una cuestión a veces no bien meneada.
Mi pequeño recorrido de hoy tiene tres paradas.
La primera se ocupa de lecturas muy corpóreas
y sensuales, propias de gente sencilla. La
segunda, del salto a la escritura, que es cosa de
gente que, a sabiendas, se complicó la vida. Yla
tercera, se asoma con alguna timidez al ciberespacio
y los mundos virtuales, donde da la sensación
de que los lectores tienden a volverse cada
vez más livianos y transparentes. La pregunta
quiere ser, en cada caso, la misma: ¿dónde está
el cuerpo? o bien ¿dónde está el enigma? o
bien ¿cómo afecta a la lectura el drama humano
del cuerpo, el tiempo y la palabra?
Primera parada:
las palabras y las cosas
En una etapa temprana de nuestra vida las palabras
se nos ofrecían todavía como formando
parte de las cosas. Parecían exudar de los cuerpos
y de las situaciones, como los olores, la
temperatura de las superficies, los humores. No
eran arbitrarias ni convencionales ni triviales.
Eran naturales, formaban parte del gran organismo
de la realidad. Y nosotros reaccionábamos
orgánicamente a ellas. Las tratábamos como
a presencias vivas. Había palabras buenas y
palabras malas, palabras que deseábamos ardientemente
y otras que detestábamos y tratábamos
de mantener alejadas de nosotros tapándonos
los oídos con las manos. Como toda la realidad,
eran contundentes y asombrosas. Y enigmáticas,
llenas de secretos. En nuestro afán por
develar su significado les inventábamos parentescos
y vínculos que juzgábamos profundamente
causales y llenos de sentidos. La primera
vez que oí la palabra “finado” –en mi infancia y
en mi barrio y mi familia parecía más decoroso
llamar al muerto así, “finado”– la asocié con
“fino”, con “finito” –delgado–, y también con
“final”, imaginé entonces a la muerte como un
progresivo adelgazamiento de los cuerpos, un
volverse hilo y después nada.
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Con eso quiero decir que yo ya leía (todos
los niños leen mucho antes de que la letra entre
en sus vidas). Buscaba claves y construía sentido
incansablemente, de manera que leía. El
enigma de lo que estaba ahí y me sorprendía
con su intensidad y su inexplicable contingencia
–también las palabras– me impulsaba en esa
actividad de lectura. Tout est langage –dice Franáoise
Dolto, igual que Wittgenstein–, todo es
lenguaje, y con todo se construye sentido. Con
el vaivén de una cortina hamacada por el viento,
el súbito gorjeo de un pájaro y el pequeño
cólico que va y viene por el interior de su cuerpo,
igual que la cortina, el recién nacido es capaz,
desde su cuna, de construir sentido. “Todo
es lenguaje” no significa que todo pueda convertirse
en palabras. Quiere decir, justamente,
que lo inexplicable (que siempre es lo más importante
de la vida) nos incita a construir sentidos.
Como podemos. A veces con movimientos
del cuerpo, con pequeños actos, con costumbres.
Luego, en gran medida, con palabras. Pero
sin terminar de despegarlas de las cosas. De
manera que un olor, una textura, un color o un
ruidito tenían una jerarquía equivalente a la de
un signo formal en los enunciados –y los saberes–
que construíamos de niños. Durante mucho
tiempo los cuerpos seguirán ahí, y nosotros seguiremos
teniendo la sensación de que podemos
tocarlos con la punta de la lengua.
Sin embargo, poco a poco, palabras y cuerpos
terminarían por distanciarse. El solo hecho
de poder evocar una misma palabra en momentos
distintos, independizándola del aquí y el
ahora al que nuestro cuerpo, en cambio, parecía
encadenado, le otorgaba a esa palabra un poder,
un vigor que nos hacía alimentar grandes expectativas.
Lo que habíamos tenido y ya no teníamos
–un paisaje de mar, por ejemplo– podía
volver a nosotros por virtud de la palabra. Decíamos
“mar” o “¿te acordás cuando fuimos al
mar?” o “¿te acordás qué fría el agua del mar?”
y se constituía el recuerdo, y de alguna manera
el mar volvía a estar con nosotros. En el mismo,
e inverso, sentido, lo que deseábamos y no teníamos
podía ser atraído hacia nosotros en virtud
de la palabra. Hablábamos de la muñeca
que codiciábamos y no tendríamos nunca, de
quien se había ido y queríamos ver regresar.
Con las palabras podíamos esperar. Tener esperanzas.
Eran una red de pescador con la que
atrapábamos el pasado ya escurrido y el futuro
aún inalcanzable con la mano. Por otra parte,
como manteníamos vivo el recuerdo de los
cuerpos que nos evocaban, nuestro cuerpo, a su
vez, respondía a ellas apasionadamente, las
obedecía. Nos decían “mar” y volvíamos a sentir
el grano de arena entre los dedos del pie, el
olor de las algas, la inquietud del vientre cuando
está a punto de ser alcanzado por la ola. Nos
contaban cuentos y, cuando la trama se encrespaba,
nos batía más el corazón, nos afloraban
las lágrimas, se nos inflaba bruscamente la vejiga
y tal vez tuviésemos necesidad de salir corriendo
al baño para desahogarnos.
La palabra era poderosa, sin lugar a dudas,
y ocupaba un lugar cada vez más destacado en
nuestra vida. En el descubrimiento intelectual,
el vínculo personal, el juego. Teníamos fórmulas
rituales, nos gustaba que nos contasen una y
otra vez el mismo cuento y no nos cansábamos
nunca del apasionante juego de señalar y nombrar:
¿esto? rueda, ¿esto? carro, ¿esto? agua.
Prestábamos atención a los dichos de otros y
podíamos reproducirlos. Podíamos mentir e inventar
cuentos. Buscar y dar explicaciones. Con
las palabras –de esa lengua que ahora empezaba
a tener visos de pacto comunitario– el mun6
do se convertía cada vez más en nuestro mundo
corriente. Entre las muchas cosas que nombrábamos,
nombrábamos también nuestro cuerpo,
que se nos volvía así un poco menos cuerpo,
menos tremendo en su presencia voraz, acaso
un poco más ajeno. Y domesticábamos el tiempo.
Aprendíamos a decir “ya”, “todavía”, “ahora”,
“ayer”, “mañana”. Hasta “nunca”, que parece
ser el borde mismo del enigma. Conservo
como un tesoro el recuerdo del día en que mi hijo
mayor, Santiago, que entonces tenía cinco
años, se echó a llorar contra la puerta cuando se
fue el último de los invitados a la fiesta de cumpleaños
de su hermano Diego porque “ya nunca
nunca nunca más Diego iba a cumplir un año”,
era lo que decía en medio de su congoja. La palabra
nunca, tan terrible, lo ayudaba a entender
esa sensación de fugacidad que había experimentado
con violencia, tal vez por primera vez
en su vida, y, a la vez, le señalaba el límite de lo
explicable, que es una de las formas más saludables
de construir sentido.
Segunda parada:
las divinas marcas
A las palabras se las lleva el viento. Supongo
que puede haber sido eso lo que nos condujo
hasta la escritura. La piedra parece más perdurable.
Lo dicho está y al momento siguiente ya
no está, es puro tiempo. La marca en la piedra
está y sigue estando. La palabra misma –o el jugo
de la palabra, mejor dicho: la significación–
encarna en ella y se vuelve a su vez cuerpo sólido
y perseverante, menos fugaz que la voz,
más capaz de derrotar al tiempo. Una conquista
de la inmortalidad en cierto modo. Tal vez mi
cuerpo esté condenado a perecer, habrá dicho el
pintor de búfalos de la cueva de Altamira, pero
mis dichos (mi afán de cazador, mis esperanzas
de capturar el mejor ganado de estas tierras, mis
sueños de hombre) van a perdurar en estas marcas
que dejé en la piedra. Y entonces también
mi cuerpo vivirá, ya que con él y en él alenté
esos sueños. O sea que –me digo yo–, veinte
mil años antes de que Quevedo escribiera su espléndido
soneto de triunfo del amor sobre la
muerte, ya pensaba el antiguo escritor de Altamira,
igual que él, “serán cenizas, mas tendrán
sentido, polvo serán, mas polvo enamorado”,
porque de ese afán, de sus dichos, de su mundo,
quedaría marca en la piedra. ¿Quería comunicar
algo? Tal vez, pero sobre todo quería ser inmortal,
me parece. Gérard Pommier cuenta en su libro
Nacimiento y renacimiento de la escritura
que durante muchos siglos los augures chinos
inscribieron sus caligramas en el fondo de
vasijas de bronce, donde ningún otro humano
podría leerlos. Y mi hijo Diego –el mismo que
había cumplido un año en un párrafo anterior y
en éste ya anda por los siete (ahí se ve el poder
de la escritura)– solía escribir feroces y pormenorizados
insultos contra su hermano mayor –el
mismo que había descubierto la fugacidad de
las cosas–, en venganza por alguna afrenta, y
escondía sus escritos en el fondo de los cajones.
Tal vez no escribamos para comunicar sino para
recordar, para mantener vivo lo que podría
afinarse y afinarse, como el “finado” de mi infancia,
y disolverse en la nada. Para derrotar a
la muerte y al tiempo.
En todo caso, lo cierto es que en la escritura
la palabra se atreve a más de lo que se había
atrevido nunca mientras fue palabra hablada. Su
independencia de los cuerpos es tal que ella
misma se constituye en cuerpo, en presencia.
Cobra vida propia. Tiene algo de rebelión esta
pirueta, algo propio de Lucifer y de Prometeo.
Mi mano ha escrito, pero lo escrito se independiza
de mi mano. Muy diferente del habla, que
sigue siempre ligada de alguna manera a mi
cuerpo, al timbre de mi voz, a mi tragona y desvergonzada
lengua. Lo escrito, aunque la grafía,
si se trata de un manuscrito, recuerde su procedencia,
siempre está afuera de mí y me sorprende,
a menudo duda el escritor de ser el autor de
lo escrito. El extrañamiento es instantáneo: en
cuanto aparece la marca, el texto emigra a la
marca y deja de estar en mi cuerpo, ni siquiera
parece reconocerlo. Uno tiene la sensación de
que es la palabra la que habla. Pommier dice
que hay pueblos que recomiendan a los mensajeros
llevar las cartas atravesadas por una lanza,
para asegurarse de que el mensaje no los dañe
durante el viaje. ¿Y quién no ha sentido aversión
por algún trozo de papel –una carta por
ejemplo– que contenía una mala noticia o un
agravio, y la ha escondido, la ha escupido o la
ha hecho añicos para deshacerse de su mal influjo?
En el fondo, toda la historia del libro se
ha construido sobre esta fe en el poder corporal
de lo escrito. Acariciamos los lomos de los libros,
nos los llevamos a la cama, los esgrimimos
como armas en la mano, devoramos su
contenido. Algunos –en mi país los hubo– los
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queman como a las brujas, esperando así anular
el poder que sus cuerpos contienen.
Con la escritura, nuestra vieja y eterna actividad
de búsqueda de claves y construcción de
sentido se ensancha extraordinariamente. No
sólo podemos, como escritores, dejar asentadas
nuestras búsquedas y nuestros hallazgos –es decir,
nuestras lecturas–, y de esa manera embarcarnos
en empresas de sentido más complejas y
ambiciosas, sino que, como lectores, podemos
compartir las búsquedas y los hallazgos de
otros, perplejarnos o deleitarnos con los universos
de sentido que otros han construido y entrarlos
a formar parte del nuestro, es decir, reescribirlos.
Prefiero hablar aquí de universos de
sentido y de significaciones, y no sólo de palabras,
porque muchas de esas primeras marcas
sobre la piedra, el cuero o el papel (deliberadamente
me referí a las imágenes de las cuevas de
Altamira, a los caligramas chinos) no eran el
equivalente a las palabras dichas, el escritor no
parecía preocupado por reproducir el habla sino
por dejar marcados los significados. El universo
de la significación es más grande, y mucho menos
explorado, que la palabra, como bien puede
demostrar el arte. Conviene recordarlo cuando
la preocupación por el dominio de la técnica silábica
suele oscurecer, en la enseñanza de la lectura
y la escritura, esta búsqueda de sentido, que
es lo único que justifica el esfuerzo.
Con la escritura aparece un lector nuevo.
Antes se leía la realidad básicamente. Uno se
sorprendía con ella, buscaba indicios y, esforzadamente,
construía sentidos. Las palabras iban
adquiriendo el valor de signos, pero seguían ligadas
a los que las pronunciaban. El acto de la
enunciación y el enunciado eran una y la misma
cosa, algo sujeto, como mi propio cuerpo, al
aquí y al ahora, un acto único e irrepetible. Pero,
de pronto, el enunciado se independizaba y
encarnaba en un cuerpo, por ejemplo un mensaje
escrito con tiza en la piedra mientras uno va
camino al exilio: “Las ideas no se matan”. O
una carta de amor. O un libro. Durante un tiempo
–días, años, siglos–, el enunciado se sostendría
ahí –en la piedra, en el libro– como una posibilidad,
cifrado. Pero sólo volvería a ser, plenamente,
en virtud de un nuevo acto de enunciación,
que es el que se da en la lectura y sólo
en la lectura. En la lectura, un acto por lo menos
tan milagroso como la escritura, si no más,
el lector le presta su cuerpo y su tiempo al enunciado,
que vuelve así a ser enunciación. Piedra,
papel y tijera. La escritura había buscado la inmortalidad,
y la lectura la devolvía al tiempo.
La palabra había buscado liberarse del cuerpo,
pero el cuerpo seguía siendo su condición, y sobre
él debía construirse. Al fin de cuentas ¿para
qué se escribe y para qué se lee sino para tratar,
infructuosamente, de penetrar el silencio de los
cuerpos? El científico que describe la rosa o el
poeta que quiere reinventarla, ambos, buscan
acercarse hasta el borde de su muda y milagrosa
presencia. ¿Para qué escribir, para qué leer, si
no para rodear con palabras los enigmas? Sin
ese peso del cuerpo –y del tiempo, que es la
condición del cuerpo–, la palabra podrá chisporrotear
un rato, pero acabará por extinguirse.
“¿Qué es, después de todo, el lenguaje, incluso
trastornado de mil maneras –se pregunta el poeta
Ives Bonnefoy– , junto a la percepción que se
puede tener directa, misteriosamente, de la agitación
del follaje contra el cielo o del ruido del
fruto que cae sobre la hierba?”
Podrá uno simular que el cuerpo no está, pero
el cuerpo, tarde o temprano, vuelve por sus
fueros. También en el universo de lo escrito, donde
todo parece hecho exclusivamente de palabras.
Para empezar, está el cuerpo en que la palabra
ha encarnado. El sostén y el trazo, la contundencia
de la piedra que contiene el epigrama, la
rugosidad o la lisura del papel en que está escrito
el poema, el dibujo de las letras, las bellas capitulares,
las guardas, la imaginería que ilumina
y a la vez –signo ella misma– allega memorias
de lo sensible, huellas de lo visto, oído, tocado.
Me parece que Manguel, en su Historia de la
l e c t u r a, ha explorado con fruición y gran sensualidad
esa erótica del libro. La edición, sobre
todo los mejores sueños de los buenos editores,
tienen mucho que ver con esta erótica, que no
sólo se complace en convertir en cuerpo la palabra
sino también en poner ese cuerpo nuevo en
contacto con otros, o con el cuerpo social, la sociedad,
que está hecha de cuerpos (no importa
cuántos discursos interpongamos para hablar de
ella), presencias, cada una con su espacio, su
tiempo, sus infinitas determinaciones, su histor
i a , que el editor buscará maridar con los libros.
Después, en segundo lugar, está el cuerpo
que se construye con la palabra misma: la obra
y su contundencia. En ese sentido la poesía –la
dimensión poética de la palabra– es, de todas
las formas textuales, la más capaz de crear presencia
y lo más parecido a un ser viviente. Por
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muchas razones. Porque apela a los sentidos, y
devuelve la memoria de lo sonoro –alitera, ruge,
sisea, ulula, ritma, consuena y parece nacida
para erotizar la lengua–. Porque genera imágenes
–metáforas y ficciones– incesantemente.
Porque vuelve extraño el lenguaje y lo fisura de
mil modos, con lo que el enigma puede vislumbrarse
por entre las grietas. Por la mímesis de la
vida que siempre entraña: las historias, los personajes,
las sociedades, los objetos, los recuerdos,
los paisajes, los interiores, las situaciones,
los momentos históricos, los dialectos y las jergas,
los mitos. Y sobre todo por ese carozo de
materia inexplicable que contiene, porque en la
poesía hay un punto que siempre se escurre, que
no está bajo el control del lector. A la nostalgia
del cuerpo, a la pregunta que se hace Steiner de
cómo recuperar la irrecuperable textura, el irrecuperable
color, la irrecuperable presencia de la
rosa con la palabra “rosa”, el poeta responde
con el poema, que se acerca amorosamente hasta
el borde de la rosa, de lo que, como decía
Wittgenstein, jamás podrá decirse, porque es
pura presencia. La del poeta es la palabra que
más cerca puede estar del silencio.
La tercera arremetida del cuerpo en el universo
de lo escrito es la que llega con el lector
mismo en la instancia de la lectura. Es en su
cuerpo y en su tiempo, en el cuerpo y en el
tiempo del lector, por vez única e irrepetible,
que se producirá la alquimia: la potencia se volverá
acto, la cifra, texto. Proust, que se ocupó
como nadie de recuperar el tejido de que está
hecha la vida que se escurre, dejó una memorable
descripción de lectura, de esos círculos, esas
capas sucesivas de la conciencia que el lector va
desplegando y recogiendo en un vaivén incesante
cuando lee un libro, y que van desde sus
aspiraciones más profundas –sobre todo la
“creencia en la riqueza filosófica y la belleza
del libro que está leyendo, y su deseo de apropiárselas,
cualquiera sea el libro de que se trate”–
hasta el horizonte más lejano del paisaje en
el que se pierde la mirada cuando la levanta de
la lectura. En el camino está el follaje del castaño
debajo de cuya copa está leyendo, la textura
de la hierba bajo sus ropas, la tibieza del aire,
las campanadas de la iglesia que le marcan cada
tanto el tiempo, su mano, su mano en el libro,
la página impresa, la letra y –en virtud de
esa creencia en que estaba apropiándose de algo
valioso, que, “como un puño siempre activo”,
dice Proust, gobernaba todo lo demás– lo
que en la letra se leía: reflexiones, peripecias de
los personajes, otros paisajes que se superponían
a aquel sobre el que se desplegaba su conciencia
al levantar los ojos del libro y, sobre todo,
otro tiempo. El cuerpo, el tiempo y el libro.
Piedra, tijera y papel.
Tercera parada:
los mundos evanescentes
Los caracteres fluyen en la pantalla y se escurren
como las palabras de la boca. Es imposible
atraparlos por mucho tiempo. Tampoco parece
haber nada irremediable allí. Es fácil volver
atrás, cambiar de sitio, invertir el orden. O cancelarlo
todo. De lo hecho durante todo un día
puede no quedar huella, ni siquiera una pila de
papel arrugado. Y, si no hay cuerpo, uno tiende
a pensar que no hay delito. Tampoco responsabilidad
por lo sucedido. Es posible que incluso
uno piense que no ha transcurrido el tiempo,
puesto que no hay mudanzas ni huellas materiales
que lo atestigüen.
Como ventaja de esa volatilización de lo
corpóreo, ese volverse “luz posible” y enseguida
evanescencia, todo gana en velocidad, y en
alcance. La “luz posible” es rauda y ubicua,
obediente, alada como los dioses mensajeros.
Visito (virtualmente) las universidades de Massachussetts
y de Leipzig en el mismo día, en la
misma tarde, con apenas minutos de diferencia.
Puedo leer, robarles o comprarles construcciones
de sentido –palabras, imágenes– a las páginas
web de diversos catedráticos especializados
en, digamos (que viene al caso), ontología. Puedo
hacerme oír por ellos. Y, ya que la “luz posible”
responde a mis dedos, puedo simular ser
quien no soy, fraguarme un disfraz, un avatar o
“encarnación de la deidad”, como se suele decir
volviendo al pensamiento religioso. También
otros podrían engañarme y yo creer que visito la
página de un catedrático mientras caigo enredada
en la trama de un hacker disolvente, que sólo
pretende hacer saltar por el aire la confianza
que cifro en mi pantalla. Puedo chatear de manera
casual, intrascendente, con un amigo que
no conoce mi cuerpo. Y mostrar de mí lo que
quiero y sólo lo que quiero.
En cierto modo –como me dijo un joven,
muy sagaz y asiduo frecuentador del ciberespacio,–
“lo que muestro ahí adentro es mi alma”,
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algún alma, más o menos genuina o de pura ficción,
prefabricada. Fueron las palabras que usó,
con un dejo de ironía que no dejaba margen para
suponer que no sabía que las estaba usando:
“ahí adentro” y “alma”. “Ahí adentro” supone
un “acá afuera”, “alma” supone un “cuerpo”.
¿Será un regreso al platonismo, al viejo y seductor
mito de la caverna? En todo caso esa
apuesta tan fuerte de mi interlocutor me servía
para volver a plantear, un poco más dramáticamente,
la misma pregunta que me había hecho
al pensar en las consecuencias de la irrupción
de la escritura: ¿dónde está el cuerpo? ¿dónde
ha ido la lengua, emigrada ahora ya no sólo de
la boca sino también de los otros cuerpos vicarios,
como el del libro? ¿Sería cierto que el nuevo
lector no tenía tanta necesidad de su cuerpo?
Y, de ser así, ¿cómo era su lectura? ¿Qué lo llevaba
a leer? ¿Cuáles eran los enigmas que lo inquietaban?
¿Qué clase de registro de la lectura
hará el nuevo Proust de nuestros días? ¿O es
que será impensable hoy un Proust porque ni el
cuerpo ni el tiempo ni la lectura ni la perplejidad
en que nos sume la vida son ya cuestiones
que den para largas novelas? ¿Qué clase de lector
se construye en el ciberespacio? ¿Es un lector
semejante, diferente, complementario, compatible
con el lector de libros? ¿Se lee en el sentido
en que entendíamos leer en nuestras dos
paradas anteriores, como construcción del sentido?
Y, si es así, ¿cuál es el motor? ¿por qué entramos
a la red, por ejemplo? ¿Hay, como en el
caso de Proust, ese “puño firme”, esa creencia
en que hay algo valioso que atrapar en eso que
se está leyendo? ¿O buscamos sobre todo hacer
pasar el tiempo evitando las consecuencias?
Sería tonto pretender dar respuesta a todas
estas preguntas, pero plantearlas parece bueno.
De algún modo tenemos que salir de la encrucijada
entre el terror apocalíptico por la máquina
y el estúpido y desmesurado entusiasmo por la
máquina en que parece sumirnos el desarrollo
apabullante de los universos de computadora.
Voy a apuntar apenas dos o tres ideas. Casi
todas nacieron al calor de los comentarios de un
par de muchachos muy jóvenes –el ya citado y
otro– para quienes el ciberespacio y su evanescencia
son un medio tan natural y familiar como
un espejo. La primera está referida a la virtualidad.
“Virtual” significa “posible”. El ciberespacio
es el reino de lo posible. Todo en él es
multiplicación y alternativa. Constelaciones y
constelaciones de posibilidades por las que nav
e g a r, y en las que es muy difícil buscar jerarquías,
sentidos y opciones. El lector proustiano,
que perseguía la riqueza filosófica y la belleza, o
el lector infantil que, recogiendo claves y señales,
construía un sentido que le servía para resolver
paso a paso la vida, estaban acuciados. Perseguían
algo. Un deseo, o un destino. En todos
los casos la lectura –de los acontecimientos, las
personas, los lugares, su propia intimidad, las
palabras, los libros– era una forma de acción,
servía para abrir una brecha y encontrar un rumbo.
Nuestro ingreso al ciberespacio necesariamente
va a ir modificando las cosas. La multiplicación
de los mundos posibles –otros mundos,
otros tiempos, otras identidades– no puede sino
provocar un estallido y una fragmentación de
esa vieja galaxia de sentido. Un mareo también,
por la abundancia, la profusión de opciones, tal
vez semejante al que, en el orden de los cuerpos,
encuentra el recién llegado al mundo. Para ir jerarquizando
las sensaciones y construyendo sentido
el recién nacido tiene por brújula a su propio
cuerpo, con su determinación de sobrevivir a
toda costa, sus deseos, sus placeres y sus desgracias.
¿Cuál será la brújula que guiará al recién
nacido al ciberespacio para encontrar su sitio ahí
adentro? ¿Se contentará con dejarse flotar de posibilidad
en posibilidad sin elegir ninguna, sintiendo
que así anula el acontecer y el tiempo?
El segundo apunte tiene que ver, justamente,
con la anulación del tiempo. Me dicen que,
en Internet, no hay día ni noche, como es natural
en un espacio que hace coincidir, en un mismo
tiempo, el tiempo de un australiano que, si
no tuviera los ojos fijos en la pantalla, podría
ver el sol asomando por su ventana y un peruano
que, mientras chatea con su cibercolega australiano,
lo podría ver caer hacia la noche. Tampoco
hay rutinas diarias (desayuno, almuerzo,
cena, por ejemplo), ni días laborables y días feriados.
Ni invierno y verano con que marcar el
paso del año. “Ahí adentro” no se envejece. Sólo
el grosor de las memorias podría indicar que
se ha vivido, y eso es una decisión personal, ya
que todo archivo puede ser borrado.
El tercer apunte se vincula con la diversidad.
¿Puede el “ahí adentro” competir en determinaciones
con el “aquí afuera”, “sentirse” como
realidad, producir contundencia y sorpresa
y exigir respuesta y compromiso inmediatos?
Por ahora hay una notable uniformidad, que
empieza por los ciberusuarios, que suelen pertenecer
a una misma clase social, y siguiendo por
las páginas web, que también son bastante homogéneas,
tanto en su gráfica como en sus contenidos.
Pero eso no quiere decir que no puedan
crecer las determinaciones. La historia del cadáver
computarizado es asombrosa, por ejemplo.
Un condenado a muerte del estado de Texas,
una vez muerto, fue sometido a resonancia magnética
y tomografía computada, luego congelado
y cortado en 1878 fetas, y cada una de esas
fetas digitalizada. La lectura del cadáver, que
ocupa 15 gigabytes sirve para que los estudiantes
de medicina se familiaricen con el cuerpo
humano. Un anticipo de la virtualidad que viene.
No en vano los anunciantes de computadoras
y conexiones de Internet promocionan sus
servicios con el eslogan “¡Un nuevo mundo!”.
¿Se estarán modificando las condiciones
corporales mismas del “estar en el mundo”?
¿Será ésta una culminación del camino virtual
de la palabra y los cuerpos habrán sido reemplazados
definitivamente por los textos? En el fondo
no es algo tan diferente de lo que nos sucede
en la vida cotidiana de nuestro global mundo urbano,
donde los textos se interponen cada vez
más entre nosotros y las presencias, ocultándonos
su enigma.
Fin del viaje: tres corolarios
para inquietar lo quieto
UNO. Leer es construir sentido. Construir sentido
es lo que nos hace humanos, o sea rebeldes.
Aunque muchas veces infructuosa, esa apasionada
persecución del sentido es nuestro sol, lo
que de veras nos da calor y nos ilumina.
DOS. No se lee sólo con palabras. Una ciudad,
con sus calles, su carácter, su diseño, es una lectura.
El modo en que se organiza una casa, la
manera de poner la mesa y servir la comida, de
tender la ropa, de cosechar la uva, son lecturas.
Lo es la crianza que se le da al hijo. Acariciar un
cuerpo es un modo de leerlo, también lo es
echarle una manta encima. El Guernica de Picasso
es una lectura. A la inversa, algunos
amontonamientos de palabras no son ni generan
lectura.
TRES. Se lee a partir de un enigma. El lector anda
siempre atrás de un secreto, por encontrarlo
es capaz de meterse en líos y descifrar extrañas
claves. Si no hay enigma, no hay lectura. El lector
avanza con sus controles en el ojo o en la
mano, pero si deja de haber algo fuera de su
control, algo inquietante, pierde el anhelo. El
enigma de la presencia viva de los cuerpos y su
contingencia, el mayor de todos, está siempre
ahí, palpitando detrás de cualquier teoría, cualquier
certeza. El lugar que ocupa el árbol, el hamacarse
del follaje sobre mi cabeza, el modo en
que la luz atraviesa el borde de una hoja –ésa en
particular– a medida que la mece el viento, el
ruido que hace la ramita que cae al suelo, la
contundencia de la pared en que me apoyo, el
gemido del perro, las humedades y tibiezas de
mi cuerpo, los olores, las cosquillas, los abrazos,
el pulsar de la sangre contra las arterias, el
contraerse y dilatarse de los poros, el manar de
jugos, las descargas eléctricas de los nervios.
Ese enigma está. Es posible que nunca logremos
reducirlo a lenguaje –al menos al lenguaje
científico como lo entendía Wittgenstein–, y debamos
pasarlo en silencio. Pero está. Y todo
afán de sentido –toda lectura– derivará del
asombro y la perplejidad que nos envuelve al
constatar su presencia.
Si es verdad que la lectura está en crisis,
como dicen que está –a pesar de que, ya hemos
visto, los textos nos rodean por completo–,
¿no será que se nos perdió algo en el camino?
La lengua, tal vez, la carnosa, húmeda habladora,
nuestra bisagra entre el cuerpo y la palabra.
Es una pieza importante: deberíamos regresar
a buscarla. Nos podría ayudar en la tarea
de recuperar el enigma, de volver a ponernos
frente a eso que no sólo está ahí –superando
heroicamente la contingencia– sino que
además, como decía Walter Benjamin, está de
tal manera, con tamaña evidencia, que, cuando
lo miro, me mira.
*Este texto fue presentado por la autora en el 4º
Congreso Colombiano de Lectura y 5º Congreso La -
tinoamericano de Lectura y Escritura, organizados
por el Comité Latinoamericano para el Desarrollo
de la Lectura, de la Asociación Internacional de
Lectura y FUNDALECTURA de Colombia, acerca de
La formación de docentes, entre el 13 y el 16 de
abril de 1999, en el marco de la Feria Internacional
del Libro de Bogotá. Este trabajo fue solicitado a la
autora para su publicación en LECTURA Y VIDA por la
Redacción de la revista.
Agradecemos a FUNDALECTURA la autorización
10 para reproducirlo.

domingo, 15 de mayo de 2016

Recomendaciones Saludables,


EJERCICIO Y ALIMENTACIÓN BALANCEADA

Claves Para Gozar de Buena Salud

Claudia Patricia Hernández A. [1]

La promoción de estilos de vida más saludables para la población, es una preocupación que atañe en tiempos actuales a los gobiernos, las Guías Alimentarias para la Población Colombiana  mayor de dos Años, manifiesta:

Los gobiernos participantes en la Conferencia Internacional de Nutrición, celebrada en Roma en diciembre de 1992, adopta una declaración Mundial Sobre Nutrición y un Plan de Acción por los cuales se comprometieron a promover una alimentación apropiada y estilos de vida sanos. (1999, ¶ 1) 

De ahí que Colombia al ser partícipe de esta conferencia  implemente las recomendaciones que se deriva de dicha cumbre internacional, “Colombia acoge estas recomendaciones en el Plan Nacional de alimentación y Nutrición…” (1999, ¶2) esto se implementa en programas que fomentan estilos de vida saludables, ya que factores como el sedentarismo y la mala nutrición, son el principio de la mayoría de las problemáticas de salud en los ciudadanos de todas las edades.

Por consiguiente, este análisis se ocupa de resaltar los beneficios de la actividad física y una nutrición balanceada, en tanto que los hábitos y costumbres alimenticios en conjunto con el ejercicio, contribuyen al buen funcionamiento del sistema fisiológico y por ende el goce de buena salud.

Este análisis se hace desde dos partes, de un lado, la dieta equilibrada como factor benéfico para la salud y del otro la actividad física, que en conjunto propenden por el sano desarrollo físico y buen estado de salud.

Alimentarse de forma correcta es primordial, ya que numerosas enfermedades que atacan el sistema inmune, tienen estrecha relación con la dieta que se lleva, pues la falta de nutrientes tanto como el exceso de los mismos, se ligan a enfermedades conocidas, entre ellas la diabetes, hipertensión, alteraciones en la sangre, anemia, obesidad, etc. Además de las complicaciones que pueden surgir en mujeres en estado de gravidez, consecuencia de su desequilibrio, ya que durante el embarazo, surge un malestar que es típico y propio de cada una.

Por tanto, es importante pensar que llevar una alimentación que tenga un correcto balance en cuanto a cantidad, calidad y variedad, va ayudar al cuerpo a mantener el equilibrio, pues cada alimento proporciona los nutrientes necesarios como vitaminas, proteínas, lípidos, carbohidratos, fibra y minerales, suficientes para los requerimientos condicionales de cada individuo, Torres y Francés (2007a) proponen “…llevar una alimentación equilibrada no es ingerir mucha comida, ya que es tan importante la calidad como la cantidad de la misma.” (p. 5)

Esto permite inferir que no se podría pensar en gozar de buena salud, cuando se ingiere unos pocos alimentos, pues la variedad admite el disfrute de los alimentos en sus diferentes presentaciones.

Ahora bien, la cuantificación de las necesidades alimentarias de cada individuo es relevante, después de todo cada organismo funciona de modo diferente, es por esto que “las guías alimentarias basadas en alimentos” [2] sirven como instrumento de apoyo a los programas de nutrición, que no solo son para expertos, sino que están disponibles para toda la población y se basan en la relación entre alimentación y salud, quiere decir que las metas a nivel de alimentación son específicas: Disminución de problemas de salud en la población

De ahí que los nutricionistas procuren elaborar menús de modo que estos respondan a las demandas nutricionales de sus pacientes, con el propósito de que esa proporción y esa frecuencia en su alimentación, mantenga en equilibrio su salud.

No obstante, cabe resaltar que solo una fracción de la población acude al nutricionista, de hecho la necesidad surge cuando hay alerta, bien sea por deficiencia, exceso de nutrientes o cuando existe la enfermedad, el argumento que expone las Guías Alimentarias para la Población Colombiana  mayor de dos Años, explica:

Existe evidencia científica de que los alimentos y bebidas en forma habitual, pueden traducirse en salud o enfermedad. Por ejemplo, la alimentación puede ser aparentemente adecuada en macronutrientes pero deficiente en vitamina A o hierro y esto puede desencadenar enfermedades específicas. (1999, p. 5)

Se puede inferir que en esencia, los requerimientos nutricionales propios de cada individuo sano, son aquellos necesarios para satisfacer sus necesidades bilógicas, que se traducen en valores adecuados para sí, cuya ingesta se recomienda en las cantidades adecuadas y balanceadas diarias.

En síntesis, se concluye de esta primera parte, que el disfrute de buena salud, se debe parcialmente a los hábitos alimentarios a modo de prevención, ya que la prevención en cuanto a carencias nutricionales es un aporte significativo al contexto social.

Por otra parte, está la actividad física, ya que el ejercicio físico moderado es de vital importancia para un estado de salud adecuado.

A pesar de los esfuerzos que se hace actualmente por promover la actividad física al aire libre en parques o centros recreativos, es más el tiempo que los individuos se encuentran frente al computador, los videos juegos, el celular o la televisión, entre otros, llama la atención el hecho de que enfermedades como la obesidad, afecciones cardiacas e incluso algunos tipos de cáncer, estén en estrecha relación con estos factores.

En contraste, una publicación costarricense del área alimenticia[3] (2011, sección editorial,¶ 5) asegura que “…el origen de algunas enfermedades es el creciente sedentarismo en todos los niveles…” así mismo el American Cancer Society[4] (2014, ¶2) estima “…alrededor del 20% de todos los cáncer que se diagnostica en EEUU están relacionados con la grasa corporal, la inactividad física y/o la precaria nutrición del individuo por tanto podría ser prevenible…”  se puede inferir que enfermedades tan graves como el cáncer pueden prevenirse si se interviene los hábitos vivenciales del individuo en cuanto a actividad física y alimentación, esto no solo es en Norteamérica, sino a nivel general.

Se concluye de esta segunda parte que, como resultado de la inactividad física, el individuo  puede sufrir enfermedades que pueden ser previsibles, si persiste en sus malos hábitos o no realiza ninguna actividad física.

Sin embargo aunque muchas personas en Colombia les interesa adoptar un estilo de vida sano, hay algunos factores que les impiden lograrlo, es un buen comienzo resaltar la importancia de la alimentación y la actividad física para tales fines.

Por esto, como recomendaciones preliminares están, aumentar el acceso a alimentos saludables y accesibles, reducir en el mercado alimentos con poco contenido nutricional, acceder a ambientes saludables y seguros para realizar actividad física y recreación, según sea la posibilidad, caminar, bailar, correr, algunos ejercicios de equilibrio o fortalecimiento muscular y la interacción con personas cuyos intereses sean similares, ya que la puesta en común de estos propósitos, genera el interés masivo.

Después de todo,  Torres, et al. (2007b) asegura que una dieta equilibrada, buena hidratación y ejercicio son los pilares de la salud a cualquier edad, es de este modo como modificando algunos comportamientos, se puede gozar de un excelente estado a nivel integral.

Referencias:

(2014) Publica cada cinco años. American Cancer Society, Guías para la sociedad americana contra el cáncer sobre nutrición y actividad física para la prevención del cáncer.

(2011) Publicación anual, Alimentaria, Actividad física y alimentación balanceada para combatir la obesidad.

Torres, A. María Lourdes, Francés, P. Marina (2007) la dieta equilibrada, guía para enfermeras de atención primaria. Recuperado 29 de abril de 2016. En http://www.nutricion.org

(1999) Publica (s.f) Ministerio de Salud. Instituto de Bienestar Familiar. Guías alimentarias para la población colombiana mayor de dos años, bases técnicas.



[1] Licenciada en matemáticas y Física, Universidad de Antioquia, Medellín. Aspirante a Master en Docencia e Investigación Universitaria, Universidad Sergio Arboleda, Bogotá. Docente de Instituciones Educativas en Básica y Media. http://elrecargado.blogspot.com  e-mail: rayuela913@hotmail.com
[2] Ministerio de Salud, Instituto Colombiano de Bienestar Familiar [en línea] http://www.icbf.gv.co
[3] Alimentaria, publicación oficial de la cámara costarricense de la industria alimenticia. 2011. #118
[4]  Sociedad Americana Contra el Cáncer, en guías de la sociedad americana contra el cáncer sobre nutrición y actividad física para la prevención del cáncer. Articulo resumido, realizado por el comité asesor de las guías y publicado en 2014. [en línea] http://onlinelibrary.wiley.com/doy/10.3322/caac.20140/full

lunes, 26 de octubre de 2015

BIBLIOGRAFIA DE APOYO AL CONCEPTO: "MUESTREO"


MUESTRA Y TIPOS DE MUESTREO

Una Reseña del Concepto a Partir de la Definición de Distintos Autores

ESTADISTICA

 

 

CLAUDIA PATRICIA HERNANDEZ A.

42687219

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÒN

A continuación se presenta la definición del concepto “Muestra” y los  tipos de muestra a nivel estadístico, desde la perspectiva y significancia de diferentes autores y orientado a diferentes ramas de las ciencias sociales, como por ejemplo, el significado y utilidad que se le da al concepto desde la administración,  economía y negocios,  desde el análisis de las ciencias de la salud, desde la perspectiva matemática e inclusive desde el punto de vista de los estudiosos de las ciencias del comportamiento.

La estadística como una herramienta indispensable en el ejercicio de las diferentes áreas, tiene su importancia a nivel investigativo; pues es mediante la aplicación de sus métodos  que se permite  comprender, explicar y presentar los resultados de una investigación  a un público determinado.

Colocando estos postulados en contexto, se puede decir que se empelan técnicas estadísticas en casi todos los aspectos de nuestra vida; pues se diseñan evaluaciones para medir el grado de conocimiento que tiene un estudiante acerca de cierto tema, encuestas para saber la preferencia de las personas acerca de cierto candidato político, producto comestible, marca de  electrodoméstico,  auto, etc.

Todo lo anterior permite pronosticar un resultado y proporcionar una información útil, bien sea a una institución educativa a cerca de sus procesos, a un partido político acerca de sus candidatos o a un fabricante acerca de sus productos.

“Muestreo: Cuando se requiere estudiar una población  se puede recurrir a las muestras o subconjuntos de la población… realizar un muestreo, es sacar características de la población… para analizar, caracterizar y construir este proceso el cual permite determinar los estadígrafos de la muestra como los son la media,  la desviación típica,  el tamaño maestra y de este modo poder inferir otros parámetros de esta población…”  ¹

Veamos cómo se complementa esta definición a la luz de otros autores.

¹ Luis Carlos Yepes, en  clase de estadística, 11 de agosto de 2015.

REFERENTES TEORICOS

 

Para la realización de esta reseña conceptual,  se tuvo en cuenta los siguientes textos y sus respectivos aportes:

 

·         Estadística Aplicada a la Administración y la Economía: Métodos estadísticos para resolver numerosos problemas que se presentan en  disciplinas tan comunes como la administración y la economía

·         Estadística: Material educativo, editado por la Universidad de Antioquia, dirigido a estudiantes de educación a distancia.

·         Estadística, Actualización Tecnológica: Texto escrito, editado en 2013, cuyo objetivo es proporcionar información actualizada, para ese momento;  acerca de los avances tecnológicos y su aplicabilidad a nivel estadístico.

·         Estadística Matemática: Texto dirigido a estudiantes de cursos universitarios, comprende toda la teoría estadística y ejemplos de sus aplicaciones a diferentes ramas del conocimiento.

·         Bioestadística: Una base para el análisis estadístico de las ciencias de la salud.

·         Estadística Aplicada a los Negocios y la Economía: Presenta el papel que cumple la estadística en la economía, contiene ejercicios y ejemplos resueltos, además de orientaciones útiles para la utilización de software estadísticos, programas especializados y proyectos por internet.

·         Estadística para las ciencias del comportamiento: Texto introductorio, presenta los fundamentos de la estadística tanto descriptiva como inferencial, dirigido a estudiantes de últimos semestres de sicología y ciencias de la conducta.

 

 

 

 

Definiciones:

 

ü  Las muestras aleatorias obtenidas de una población son, por naturaleza propia impredecibles. No se esperaría que dos muestras aleatorias, del mismo tamaño y obtenidas de la misma población tengan la misma medida muestral o que sean completamente parecidas. Por ello se requiere estudiar todos los posibles valores de un estadístico; es decir aquellas cantidades cuyo valor numérico pueda calcularse a partir de datos iniciales,  para posibilitar las conclusiones o inferencias que de allí se derivan. Son por ejemplo: la media (Ẋ), desviación típica (Sx), tamaño muestral  (n). (Orrego, Usuga. 2006. P. 153)

 

ü  Un experimento estadístico involucra la observación de una muestra seleccionada de un conjunto más grande de datos existente o conceptual llamado población.  Las mediciones de la muestra, vistas como observaciones de los valores de una o más variables aleatorias, se emplean entonces para hacer una inferencia acerca de las características de la población objetivo y evaluar su credibilidad. Por ejemplo, supongamos que una población ficticia contiene   N  elementos, de los cuales pensamos tomar una muestra de tamaño n, habrá dos formas para extraer de N, la muestra de tamaño n; muestreo con reemplazo y muestreo sin reemplazo;  si la probabilidad de selección para todos los elementos de N, es la misma; se dice que el muestreo es aleatorio,  el resultado será una muestra aleatoria. ( Wackerly, Mendenhall y Scheaffer. 2013, p. 76-77)

 

ü  Reunir datos de los miembros de una población, estudiar sus parámetros para sacar posibles valores matemáticos e inferencias acerca de la muestra tomada, puede denominarse como muestreo. (Triola, 2013. P. 26)

 

ü  Las técnicas de inferencia estadística, como por ejemplo estimación de parámetros, pruebas de hipótesis, se pueden analizar brevemente a partir del muestreo, pues ello es la base teórica para aplicación práctica de un estudio estadístico.  Para que las inferencias que se hacen  con base en muestras sean útiles, la muestra que se utiliza debe ser representativa de la población que se extrae; este proceso de selección de un subconjunto sacado de un conjunto; se denomina muestreo. Donde se analiza parámetros como: µ (media), σx (desviación típica), n (tamaño muestral) (Díaz, 2013, p. 2019)

 

ü  Si se extrae una muestra de tamaño n, de una población de tamaño N, de manera que cada muestra posible de tamaño n tenga la misma probabilidad de ser seleccionada; la muestra se llama muestra aleatoria simple y satisface las condiciones del muestreo aleatorio simple; donde se saca una inferencia estadística por medio de la cual se llega a una conclusión acerca de una población con base en los resultados que se obtienen de la muestra extraída de la misma. (Wayne, 2004, p. 7)

 

ü  Generalmente las poblaciones son demasiado grandes como para ser estudiadas en su totalidad. Es necesario  seleccionar una muestra representativa de un tamaño más manejable.  Esta muestra se utiliza luego para sacar conclusiones sobre la población. Por ejemplo se puede calcular la media muestral, el estadístico Ẋ, utilizarlo como  un estimado de la media poblacional µ. El estadístico se utiliza como estimador del parámetro. ( Webster, 2000, p. 144)

 

 

ü  El muestreo y sus técnicas, busca generalizar, validar,  a partir de una muestra de la población,  algunas hipótesis relacionadas con la misma. Por ejemplo, una maestra cree que sus métodos de enseñanza, son de un nivel muy superior a los métodos tradicionales, según los resultados que ha obtenido de las notas de sus alumnos; así que para probarlo, emplea dos muestras (estudiantes)  una  que recibe el novedoso  método de enseñanza y el otro que no. Cada grupo se somete al mismo examen, al final del experimento, la maestra desea  elaborar una afirmación como por ejemplo que la mejora en los puntajes se debe a sus métodos de enseñanza y no a la suerte de los estudiantes; por tanto para poder generalizar esta hipótesis a nivel de toda la población escolar, deberá utilizar técnicas estadísticas. (Pagano, 2011, p. 180)

 

Métodos de muestreo: Se utilizan a fin de minimizar el error en el estudio estadístico.

 

      i.        Muestreo  aleatorio simple: garantiza que al tomar una muestra aleatoria simple de algún tamaño, exista la misma probabilidad de ser seleccionada. Por ejemplo: enumerar las observaciones sobre pedazos de papel y colocarlos en un sombrero y tratar de sacar un número deseado.

    ii.        Muestreo sistemático: se forma seleccionando cada iesimo ítem de la población. Si se determina que i=10, una muestra sistemática consta de cada décima observación en la población. La determinación del valor apropiado para i es sencilla, por ejemplo si se desea seleccionar una muestra de tamaño 100 de una población de 1000, i debe ser 10.

   iii.        Muestreo estratificado: se divide la muestra en subgrupos o estratos, forzando las proporciones de cada estrato a que se ajuste al patrón poblacional. Se emplea cuando la población es heterogénea o disímil. El investigador, así, puede incrementar la precisión más allá de la obtenida por una muestra aleatoria simple de tamaño similar. Por ejemplo: el Ministerio de Agricultura de EEUU quiso saber el impacto de la sequía en la agricultura, con 4 estados golpeados por el efecto de sequía, se pretende entonces determinar un alivio económico para los agricultores de estos estados, pero el alivio económico debe ser determinado dependiendo de la tasa de bancarrota, el problema es que el número de agricultores por estado es diferente; así  que para el estudio  dividió los agricultores en subgrupos, obteniendo porcentajes para cada grupo representativo; así por ejemplo los agricultores de un estado representaron el 30%,  de todos en general.

   iv.        Muestreo por conglomerados: consiste en dividir toda la población en grupos, (conglomerados), selecciona una muestra de estos. Luego, todas las observaciones acerca de estos conglomerados están incluidas en la muestra. ²

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

² definiciones i, ii, iii, iv en: Estadística Aplicada a los Negocios y la Economía. Allen Webster. 2000. p, 161-162)

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES

 

·         Díaz, M. 2013.  estadística aplicada a la administración y la economía.

·         Orrego, J. Usuga, O. 2006. Estadística

·         Pagano, R. 2011. Estadística para las ciencias del comportamiento.

·         Triola, M. 2013. Estadística, actualización tecnológica.

·         Wackerly, D. Mendenhall, W. Scheaffer, R. 2013. Estadística matemática con aplicaciones.

·         Webster, A. 2000. Estadística aplicada a los negocios y la economía.

·         Wayne, D. 2004. Bioestadística, base para el análisis de las ciencias de la salud.

 

 

 

 

 

Datos personales